Rafael Eliseo Santander, Juan Francisco Ortiz, José Caicedo Rojas
Rafael Eliseo Santander Aldana nació en Bogotá el 14 de junio de 1809 y falleció en la misma ciudad en 1883. Su obra se encuentra redactada en diversos cuadros de costumbres. Santander fue un paciente investigador, examinó muchos expedientes y documentos y exhumó una serie de causas interesantes sobre crímenes que acontecieron en la ciudad de Tunja, por los años 1636 y 1637. Sobre ello escribió La justicia y el delito en el Nuevo Reino de Granada, de gran importancia para la historia jurídica colombiana y notable por su aspecto psicológico. Además es el autor de El adelantado Gonzalo Ximénez de Quesada. Entre sus cuadros se destacan Mis abuelos, La Calle Honda y la Historia de unas viruelas. En efecto, el último de los escritos nombrados sólo apareció en el Papel Periódico ilustrado en 1882, un año antes de la muerte de el tuso Pepe, como lo llamaban familiarmente, pese a las múltiples solicitudes previas de sus amigos y conocidos. También colaboró con varios periódicos literarios donde se destacó por su carácter liberal. Usó el seudónimo de Oselie.
Juan Francisco Ortiz nació en Bogotá el 28 de septiembre de 1808 y murió en Buga, Valle del Cauca, el 21 de julio de 1875. Fue Abogado, diplomático, dramaturgo, novelista, poeta y periodista. Dirigió el equipo editorial de la Estrella Nacional, primer periódico que recibió el titulo de literario en la Nueva Granada, fundado en 1836 por su hermano, José Joaquín. En 1848 editó El Tío Santiago, un semanario con un estilo novedoso para su época. Ortiz se graduó en la escuela de las observaciones al consignar el relato de sus viajes por el norte de la Nueva Granada y el Estado de Antioquia. El Mosaico le abrió sus páginas para la posteridad. Entre sus obras poéticas se destacan: Cuatro canciones, Mi reforma, Córdova en verso y La Virgen del Sol o la sacerdotisa peruana, un monólogo dramático que contaba con música de Valentín Franco. En prosa se recomiendan: Reminiscencias, Relación de viajes por las provincias del norte de la Nueva Granada, Cartas de Piquillo, Recuerdos del señor arzobispo de Bogotá y Cuadros de costumbres. Escribió dos novelas: Carolina la bella y Cortés de Mesa.
José Caicedo Rojas nació en Bogotá el 8 de agosto de 1816 y murió en esa ciudad el 20 de octubre de 1898. Caicedo pertenece a una generación de poetas-periodistas que se forjaron dentro del horno de los episodios sangrientos. Entre sus actividades se cuentan las de educador, poeta, dramaturgo, ensayista, novelista y traductor. Sus apuntes quedaron para la posteridad en varias publicaciones de interés general. El Repertorio Colombiano, El Mosaico, El Papel Periódico, El Neogranadino, El Pasatiempo y El Museo entre otros importantes medios le abrieron sus columnas. Entre sus poesías se destacan: El primer baño de Eva y La fuente de Torca. La novelística también le permitió gestar obras interesantes, por ejemplo, Los amantes de Usaquén, La espada de los Monsalve, La bella encomendera y Martín perulero son parte de su inmenso caudal literario que aún reposa en las bibliotecas desconocidas. Don José Caicedo cumplió con ayudar a convertir a la Bogotá de antaño en un centro literario. Sus trabajos aún perviven porque sus escritos respiran memoria y tradición.
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El presente volumen se compone de una trilogía armada por eximios representantes del género costumbrista. Los invitados son Rafael Eliseo Santander con: Las fiestas en mi parroquia, La Nochebuena, La Calle Honda, Historia de unas viruelas, El raizalismo vindicado y Los artesanos. Le sigue don Juan Francisco Ortiz con: Motivo por el cual... y Una taza de chocolate. Cierra don José Caicedo Rojas al son de: El tiple, El duende en un baile y Las criadas de Bogotá. Las exposiciones son unas miradas al siglo XIX. El resultado son cuadros y realidades con ganas de seguir viviendo más allá de los museos. El prólogo de esta particular obra resultó ser una opción bastante original. Se trata de un diálogo entre los tres conspicuos compadres. Cada uno cuenta algo de su vida hasta llegar a su encuentro con los linotipos. Tarea que, de alguna manera, cambió sus existencias de literatos en historiadores. El texto introductorio ilustra a fondo el comportamiento de los dueños de una sociedad del siglo XIX. Ellos, los elegidos por un círculo intelectual de contertulios, son los llamados a redactar los anales de la memoria social, tarea que realizaron a cabalidad. Las fiestas de mi parroquia, escrito de Rafael Santander, relata, desde la perspectiva del hombre sencillo que habla de sí mismo, la rutina del escándalo. Es parte de lo mandado por aquellos consejos editoriales. Luego sí entra a describir a los orejones, sus rejos y sus toradas arriadas de las dehesas de Fute. La algarabía de los perseguidos por los cornúpetas palpita en las figuras descriptivas. La jarana estalla en ese bazar gigante donde la mistela y los piropos se funden en un acuerdo tácito para ejercer el derecho de pernada. La guachafita es propia de los pueblos en asuetos. Las tradiciones mestizas, la alcurnia de los aristocráticos sabaneros y la herencia indígena copan las plazoletas. Los espacios dispuestos por el municipio quedan bajo la ley del retozo cuya infaltable consecuencia será el mandato de la chicha: la explosión demográfica. El vicio, el pecado y el jolgorio desbocados son las alcahuetas de las fiestas parroquiales. A ellas se unirán, por invitación de Rafael Eliseo, una Nochebuena, las viruelas y el raizalismo vindicado. Los temas son parte de un tejido urdido dentro de la trama de unos hábitos que sobreviven en los rincones de las barriadas invadidas por el olvido bogotano. Don Juan Francisco Ortiz en Motivo por el cual... recuerda sus aventuras de solterón dentro del más estricto romanticismo decimonónico. Él, por un beso y una flor, habría gestado un suspiro de Casanova. La taza de chocolate queda mejor resumida al utilizar las palabras del autor
—¡Hombre!, ¡una taza de chocolate! ¿Qué podrá decirnos usted de una taza de chocolate?—Ya lo verá usted. ¿Y si son muchas tazas? ¿Le parece estéril el asunto? —¡Toma!, sí me parece.
El lector decidirá si le gustó el sorbo chocolatero. La tercera parte le corresponde a don José Caicedo Rojas que habla de un instrumento musical por excelencia con algo de desdén:
El tiple, decíamos, es una degeneración grosera de la española guitarra, le mismo que nuestros bailes lo son de los bailes de la península. Para nosotros es evidente, es fuera de toda duda, que nuestros bailes populares no son sino una parodia salvaje de aquéllos.
La razón de hablar con adjetivos peyorativos de los bailoteos criollos es parte de una idiosincrasia que aún habla de duendes en los bailes. Pero también sufre por las criadas de Bogotá: aquellas criaturas, especie intermedia entre la esclava, la nana y la primera amante, son retratadas desde muchos ángulos por Caicedo. El casi desaparecido servicio doméstico ignora todo lo que Colombia le debe desde hace casi 500 años. Sin ellas muchas encopetadas familias habrían visto extinguirse sus abolengos. En conclusión, se debe dedicar por lo menos un fin de semana para gozar de una lectura con imágenes raizales.
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