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Los Estados generales, que fueron el paso previo a la creación de la Asamblea Nacional Constituyente Francesa de 1789, se reunieron en Versalles el 5 de mayo del citado año. Las delegaciones que representaban a los estamentos privilegiados de la sociedad francesa rechazaron los métodos de votación presentados. Debido a persecuciones por parte de la Corte, la Asamblea se retiró de las deliberaciones y realizó el 20 de junio el denominado “Juramento del Campo de Pelota”, por el que se comprometía a no disolverse hasta que hubiera redactado una constitución para Francia. Las profundas disensiones existentes en los dos estamentos superiores provocaron una ruptura en sus filas, y numerosos representantes del bajo clero y algunos nobles liberales abandonaron sus estamentos para integrarse en la Asamblea Nacional. El rey se dirigió en persona a la “pretendida Asamblea Nacional” cuyos actos calificó de nulos y sostuvo que los tres órdenes debían sesionar por separado. La asamblea no acató la indicación. Entonces, los revolucionarios fundaron en Versalles una sociedad política a la moda inglesa, popularmente conocida como el Club de los Jacobinos, dado que tenían sede en el antiguo y deshabitado convento de ese nombre. El rey se vio obligado a ceder ante la continua oposición a los decretos reales y la predisposición al amotinamiento del propio ejército real. El 27 de junio ordenó a la nobleza y al clero que se unieran a la autoproclamada Asamblea Nacional Constituyente. Luis XVI cedió a las presiones de la reina María Antonieta y del conde de Artois —el futuro Carlos X— y dio instrucciones para que varios regimientos extranjeros leales se concentraran en París y Versalles. Al mismo tiempo, Necker fue nuevamente destituido. El pueblo de París respondió con la insurrección ante estos actos de provocación; los disturbios comenzaron el 12 de julio, y las multitudes asaltaron y tomaron La Bastilla, la prisión real que simbolizaba el despotismo de los Borbones, el 14 de julio.